- El que se mete en las entrañitas- me decía.
Una noche, me llevó a un bar de la calle Alfarería, para que escuchara soleás de Triana. Cada vez que considero que me tengo que morir tiro una mantita en el suelo y me harto de dormir. Desde aquella primavera del setentayocho, recuerdo esa letrilla.
El arenero, Camus, nos presentó la Lola, y yo me quedé alucinado contemplando a aquel tipo que bebía vino negro y cantaba como si se le acabara de morir un hijo.
Al son de estos cantes se fundían los hierros en la Cava, me dijo el cantaor.
La Lola llevaba un diario. En una libreta con las pastas negras, arrugadas. Aquella noche lo sacó de su pequeño bolso de lana de colores rastas. Me enseñó sólo la primera palabra. Escrita en mayúsculas, con letras azules de pluma estilográfica. Sentimientos, ponía. Era guapa como las mujeres del siglo XIX. Yo la llamaba la Francoise Sagan de la calle Pureza.
Buenas noches, tristeza, le decía prometiendo que nos iríamos a París para ser escritores.
Eso, tú, el Julio Cortázar y yo, la Alejandra Pizarnick, y me cogía del brazo mirando las aguas de su río, soñando con la gloria literaria, que debía de ser ese halo amarillento de los libros viejos que comprábamos en el Jueves.
Así comienza este entrañable libro, un libro divertido y melancólico. . La melancolía, esa forma aristocrática de la tristeza, como dice el personaje central de esta novela, novela que además está llena de comentarios jocosos que te hacen sonreír continuamente.
Es un paseo real, teñido de romanticismo por la década de los setenta. Una década tan viva, tan controvertida y tan confusa para muchos jóvenes, que atisbaron la libertad en horizontes de humo, alcohol y besos furtivos, que los más débiles pagaron muy caro, al final la vida les pasó facturas, a unos antes y a otros después, imposibles de abonar.
En esas redes ilusorias y fantásticas cayeron muchos jóvenes en esa época, pero paradójicamente, no era para huir de la vida, sino por zambullirse de lleno en todo lo que nos ofrecía en esos momentos. Se juntaba el hambre de saber y descubrir nuevas cosas, con las ganas de comer toda la mercancía literaria,cinematográfica, musical, política y humana que nos llegaba a borbotones, a veces de una manera clandestina, que lo revestía todo de cierto encanto transgresor y otras, de una manera menos comprometida, pero el caso es que nos llegaba, y lo devorábamos todo, con la avidez del tieso de solemnidad y, en algunos casos, con la inconsciencia de la falta de experiencia en casi todo.
Paco Gallardo, nos lleva en el cuatrolatas o en el errecinco que utilizan los personajes de su libro para desplazarse, por los bares y tabernas de este barrio de Triana, algunos ya desaparecidos, como el recordado Morapio, que estaba muy cerquita de aquí, y que Paco describe con una minuciosidad conmovedora, que emociona a los que lo hemos conocido, y sirve a los que no tuvieron la ocasión de conocerlo, para casi ver, oler y degustar, el ambiente y su pringá, porque ciertamente, la pringá que allí tomábamos, y que unos de los personajes define, como la hamburguesa del proletariado, eran verdaderamente exquisitas.
Nos lleva también, por las callejuelas antiguas del centro,Estas piedras de Sevilla dice, tienen tanta vida o tanta muerte que me impresionan. Nos sentamos, en alguna pagina, en El Bar Laredo a tomar café viendo a través de la lluvia La Plaza San Francisco y pensando que no se le puede pedir más a la vida, en ese momento mágico que nos regala Sevilla, solo mirar la lluvia con el sabor de café en los labios.
Cuando nos encontramos con algo que nos gusta mucho,esto es común a todos los mortales, inmediatamente, queremos compartirlo con los amigos, pues bien, este libro, simplemente os recomiendo que lo leáis, porque os va a encantar y lo olvidareis poquito a poco, como se van olvidando los buenos libros.
