Antonio Rendon . Texto de Carlos Valera Real, Presidente del Ateneo de Triana

Querida España:

Hoy no te escribo desde la política, sino desde el temblor. Desde ese

instante en que la tierra recuerda a los hombres que ninguna nación es

una isla y que el sufrimiento derriba las fronteras con una fuerza que

ninguna diplomacia puede contener.

Venezuela tiembla. No solo bajo el peso de un terremoto que ha

quebrado muros, iglesias, escuelas y hogares. Tiembla también en el

corazón de quienes, al otro lado del Atlántico, contemplan impotentes

cómo la tierra sacude los recuerdos de su infancia, el árbol bajo el que

jugaron, la casa donde aprendieron el nombre de sus padres, la calle

donde comenzó la esperanza.

España, escucha ese silencio. Tiene el sonido de los edificios que ya no

existen, de las campanas que han dejado de sonar, del llanto contenido

de una madre que busca a su hijo entre los escombros, del anciano que

contempla el polvo donde hasta ayer estaba su vida entera. Hay silencios

que gritan más que cualquier sirena.

En estas horas, las ideologías deberían guardar luto. Ninguna bandera

puede ser más alta que una mano tendida. Ninguna diferencia merece

ocupar el lugar que corresponde a la compasión. La naturaleza no

pregunta por credos ni por gobiernos cuando sacude la tierra; tampoco

debería hacerlo la solidaridad cuando sale al encuentro de quienes la

necesitan.

España conoce el lenguaje de las catástrofes. Ha sentido la furia del agua,

el estremecimiento de la tierra, el dolor de las pérdidas irreparables.

Sabe que, cuando todo parece derrumbarse, la primera reconstrucción

comienza en el gesto de quien llega para ayudar sin pedir explicaciones.

Hubo un tiempo en que miles de españoles encontraron en Venezuela

una patria generosa. Aquella tierra abrió sus puertos y sus brazos a

quienes escapaban de la guerra, del hambre y de la desesperanza. Allí

levantaron negocios, cultivaron campos, fundaron familias y encontraron

un horizonte cuando Europa apenas salía de sus propias ruinas.

Venezuela no preguntó de qué región de España llegaban; bastó con

saber que eran seres humanos.

Hoy la historia vuelve a escribir la misma página con distinta tinta. Es

España quien puede responder a esa antigua hospitalidad con la nobleza

de la memoria. No como quien devuelve una deuda, porque la

fraternidad nunca lleva contabilidad, sino como quien comprende que

los pueblos también tienen corazón y que ese corazón late mejor cuando

recuerda el bien recibido.

Que partan aviones cargados de medicinas, de alimentos, de mantas y de

esperanza. Que los equipos de rescate encuentren siempre una puerta

abierta. Que las organizaciones humanitarias sientan el respaldo de una

sociedad que nunca ha sido indiferente al sufrimiento ajeno. Que las

universidades, los hospitales, los ayuntamientos y cada ciudadano hagan

suyo este dolor que hoy lleva nombre venezolano.

Porque la ayuda verdadera nunca humilla: acompaña. No sustituye la

dignidad de quien sufre; la protege. No convierte la tragedia en

espectáculo; la transforma en un compromiso silencioso con la vida.

El océano que separa nuestras costas es el mismo que durante siglos

llevó palabras, músicas, libros, abrazos y esperanzas en ambas

direcciones. Hoy ese océano debería convertirse, una vez más, en un

puente de auxilio. Que cada ola sea una promesa de que nadie está solo

cuando la tierra se rompe bajo sus pies.

España, no mires hacia otro lado. Cuando un pueblo hermano cae, el

deber moral no consiste únicamente en contemplar su desgracia, sino en

ayudarlo a levantarse. Porque las naciones verdaderamente grandes no

se miden por el tamaño de su economía ni por la fuerza de sus

instituciones, sino por la capacidad de conmoverse ante el dolor de los

demás.

Y cuando llegue el día en que las ciudades venezolanas vuelvan a

levantarse piedra sobre piedra, escuela sobre escuela, hogar sobre

hogar, será hermoso recordar que, entre los primeros en acudir, estuvo

España. No por interés, ni por estrategia, ni por cálculo, sino por esa

antigua virtud que hace inmensos a los pueblos: la solidaridad.

Porque, al final, los terremotos derrumban edificios; pero son los

hombres quienes deciden si también se derrumba la esperanza. Y la

esperanza, cuando viaja de un pueblo hermano a otro, siempre

encuentra un lugar donde renacer.

I. España, hermana

No calles hoy, España, que la tierra

ha roto el pulso azul de la montaña;

el llanto sube desde la cabaña

y el polvo al cielo su oración destierra.

No hay mar que a dos orillas hoy se encierra,

ni historia que el olvido desengaña;

la sangre de la lengua nos acompaña

cuando el dolor su oscura noche aferra.

Que parta de tus puertos la esperanza,

vestida con el pan y la ternura,

con manos que reconstruyan el camino.

La caridad es siempre la alianza

que vence al terremoto y su amargura:

hacer del otro hermano es el destino.

II. Venezuela

Tiembla la piedra, mas el alma queda;

se inclina el muro, nunca la nobleza.

Hay una luz que nace en la pobreza

cuando la fe sobre el escombro hospeda.

Ningún temblor la dignidad enreda,

ni apaga el sol que al horizonte empieza;

el hombre vuelve a erguirse con firmeza

si otra mano a su lado no se enreda.

Venezuela, resiste. Cada aurora

lleva escondido un canto de semillas

que romperán la noche lentamente.

Después del duelo siempre nace flora;

el río encuentra el mar, las golondrinas,

y Dios devuelve abril calladamente.

POR: CARLOS VALERA

III. El puente del Atlántico

Que el mar no sea nunca la distancia,

sino el camino antiguo de la vida;

la misma luz en una y otra orilla

ha dado al hombre idéntica sustancia.

España y Venezuela, en consonancia,

comparten una historia compartida;

cuando una cae, la otra está obligada

a levantar su fe con elegancia.

No vence quien contempla el sufrimiento,

sino quien hace del amor su puerto

y del deber un árbol florecido.

Que el mundo aprenda, en este triste momento,

que un pueblo nunca queda del todo muerto

mientras otro responda: "No te olvido.

"

POR: CARLOS VALERA