Por Carlos Valera.

La noche cae sobre Sevilla como un suspiro antiguo, como si

el tiempo no avanzará sino que regresara, siglo tras siglo, a la

misma Madrugá.

En las calles estrechas, donde la cal guarda la memoria,

resuena un tambor.

Luego otro.

Y otro.

Son ellos.

La Centuria.

Los armaos.

Dicen que nacieron entre los años 1653 y 1657, vestidos “a la

milanesa” , con corazas alquiladas y orgullo prestado . Pero

nadie cree ya en fechas cuando los ve avanzar: parecen

soldados de Roma que nunca se marcharon, que se quedaron

en Sevilla esperando algo… o a alguien.

El pueblo los nombra con cariño: los armaos de la Macarena.

Pero esta noche no marchan solo por su Virgen.

Esta noche van al Señor.

El aire huele a cera tibia.

A promesa cumplida.

La lágrima que aún no ha caído.

En el barrio de San Lorenzo, la basílica espera en silencio.

Dentro habita Él:

Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, tallado en 1620 por

manos humanas, pero elevado por la devoción a la categoría

de eternidad .

El Señor de Sevilla.

El que no necesita hablar para ser escuchado.Avanza la Centuria.

Plumas que rozan la noche.

Metales que reflejan faroles.

Sandalias que marcan el compás de un tiempo que no es

tiempo.

Ran…

cataplán.

Ran…

cataplán.

Y en cada golpe de tambor parece latir la ciudad entera.

Los balcones se inclinan.

Los viejos recuerdan.

Los niños preguntan.

Porque aquello no es un desfile.

Es una historia que camina.

Dicen que cuando los armaos entran en la basílica del Gran

Poder, algo cambia.

No en el templo.

En ellos.

Porque el soldado romano deja de ser romano.

Y el hombre deja de fingir.

El casco pesa más.

La lanza tiembla.

Y los ojos, que venían firmes, se nublan.

Allí dentro, frente al Señor, no hay centuria.

Solo hay Sevilla.

Y fe.El encuentro dura apenas unos minutos.

Un suspiro en la historia.

Pero fuera, la multitud contiene la respiración, porque sabe

que está ocurriendo algo antiguo, algo que no se puede

explicar con palabras.

Como aquel abrazo invisible entre dos devociones —la

Macarena y el Gran Poder— que llevan siglos encontrándose

en la Madrugá, compartiendo la misma noche y el mismo

fervor .

Dos corazones en una ciudad.

Dos silencios que se entienden.

Cuando salen, los armaos ya no son los mismos.

Algunos lloran.

Otros aprietan el paso.

Nadie habla.

Porque han visto al Señor.

Y Sevilla lo sabe.

La noche sigue su curso.

El Gran Poder saldrá después, caminando lento, como quien

sostiene el peso del mundo. La Madrugá lo llevará hasta la

Campana, hasta la historia, hasta la memoria de todos .

Y la Centuria volverá a su Virgen.

Pero algo habrá quedado entre ellos.

Un hilo invisible.

Un pacto sin palabras.

Una tradición que no se escribe, se vive.

Dicen que cada año es igual.

Pero no es verdad.

Cada año Sevilla vuelve a aprender lo mismo:

Que hay cosas que no pasan.

Que permanecen.

Como el sonido del tambor.

Como el paso del Señor.

Como los armaos entrando en San Lorenzo.Y entonces, en algún rincón de la noche, alguien susurra:

—Esto no es una procesión…

—Esto es Sevilla rezando.

Soneto I – El capitán

Bajo el metal que alumbra la memoria,

marchaba el Pelao, firme en la batalla,

capitán de una fe que nunca calla

ni cede ante la noche transitoria.

Su voz era mandato y era historia,

su paso, ley que al tiempo mismo estalla,

y al frente de la Centuria no falla

cuando Sevilla escribe su victoria.

Hoy duerme en luz, más alto que el acero,

donde no pesa el casco ni el destino,

ni el pulso del tambor ni su sendero.

Mas vive en cada armao su camino,

pues manda aún su espíritu certero:

servir al Gran Poder, de Roma y divino.

Soneto II – El redoble

Suena el tambor… y el aire se arrodilla,

que Hidalgo marca el pulso verdadero,

el mejor redoble, fiel y austero,

que al alma de la Centuria encandila.

No es golpe: es fe que vibra y se arrodilla,

es latido profundo y duradero,

que guía al armao, firme y sincero,

por la noche encendida de Sevilla.

Hoy calla el parche… mas no su sonido,

que vive en cada toque repetido,

como eco que en la sangre permanece.

Y cuando el paso avanza estremecido,

Sevilla sabe, en pulso compartido,

que Hidalgo aún, desde el cielo, la estremece.

Soneto III – Memoria viva

No hay voz que explique el rito que perdura,

ni historia que recoja tanta vida,

cuando la Centuria, ya encendida,

cruza la noche con marcial ternura.

Allí el Pelao y Hidalgo, en la altura,

velan la fe que nunca fue vencida,

y en cada Madrugá queda encendida

su huella firme, eterna y sin fisura.

San Gil los nombra, y San Lorenzo espera,

mientras la Macarena y el Gran Poder

tejen silencio en la ciudad entera.

Y el armado comprende, al ya no ver,

que hay hombres que no mueren: persevera

su fe en Sevilla… y vuelve a renacer.